Reverón fue, a la vez, hacedor y hierofante, en la actividad de este último interpretó a través del hacer artístico los misterios de la naturaleza y del sujeto, con el cual sigue guiando al espectador hacia lo divino; a esta forma de ser se le denomina locura, que es un don que poseen lo elegidos, para que el espectador de hoy pueda contemplar la obra vivificante del hierofante de Macuto.
Porque él en pleno delirio artístico fue causa de las muchas cosas que creó en su proceso productivo, y este arte que nos ha legado ha servido para que él se siga proyectando hacia el futuro como un aliento divino. Su proceso creador estaba constituido por manías e indagaciones racionales sobre el futuro de su obra artística, que solo es práctica de gente muy sensata que se vale de la reflexión y aportan al pensar inteligencia e inspiración.
Para el hierofante de Macuto la locura era la sensatez creadora enviada por los dioses, pues entre los haceres cotidianos sobreviene esa locura que constituye una liberación para quien necesita entregarse al hacer artístico; por eso practicaba actos purificadores y ceremonias de iniciación, que le daban salud en su hacer presente y para el futuro en todo aquello que él tocaba, de esta manera expresaba su interioridad a través de las delirantes creaciones que lo atenazaban. En este sentido, para Reverón el hacer artístico es una práctica del cuidado sí mismo.
El cuidado de sí mismo se manifestó en “el estilo de vida que escogió Reverón a partir de 1920, refugiándose en la que sería posteriormente El Castillete, buscando cierto aislamiento y rodeándose de muñecas, animales, creando una atmósfera teatral, puede darnos las claves de una forma personal de terapia que el pintor ideó, en una atmósfera estimulante, creativa y al mismo tiempo la más apropiada para lograr un equilibrio en su salud mental” 1 . Con estas prácticas Reverón se protege su hacer y su obra, pues el cuidado de sí mismo trasciende en la producción de la obra plástica.
Una estas prácticas es la que señala Tellez, “la fragmentación de su cuerpo, dividido en dos mitades a las cuales atribuía condiciones diferentes, lo desligaba de signos intelectuales superiores y le permitía hacer una elaboración artística a base de elementos completamente primitivos: pintar la luz que es representación de lo blanco, lo puro. Por otra parte, Reverón hacía abstracción de su propia sensualidad para verterla completamente sobre el lienzo” 2 . El artista separa lo divino de lo sensible, lo puro de lo mundano, para que la creación artística no esté contaminada por lo de acá abajo, sino que ésta pertenezca a lo más elevado que hay en el individuo.
Con este ritual, entre otros, el hierofante se abría a la posesión que proviene de la inspiración y cuando ésta se hace con el espíritu lo despierta y lo alienta hacia la luz, e inspira todo el hacer creativo; de esta manera se ha mostrado a los que estuvieron presentes y a los que han venido después, ya que solo aquel que es poseído por la locura de la inspiración es capaz de abrir las puertas al hacer artístico para convertirse en un verdadero hacedor, pues deja afuera lo imperfecto y la obra que crea se ilumina al estar inspirado y poseso por la razón.
Baéz Finol refiere en su informe “que Reverón ejecutaba continuos movimientos circulares dando vueltas sobre sí mismo a la derecha y a la izquierda, diciendo al mismo tiempo «yo no recuerdo cuando actuaba como hombre y como mujer». Luego girando a la izquierda expresaba «ahora soy hombre» y después girando a la derecha volvía a decir «ahora soy mujer» 3 . Reverón en tanto místico considera que toda alma es inmortal, porque aquello que se mueve siempre es inmortal, ya que dejar de moverse es dejar de vivir. Solo lo que se mueve a sí mismo nunca deja de moverse, por tanto, siempre está vivo y creando, pues al moverse a sí mismo él es origen del movimiento y principio de creación.
Esto se da porque necesariamente del principio del movimiento se origina todo lo que se origina y por necesidad es imperecedero, porque si el principio pereciese de él no se originaría nada. Reverón sabe que él es principio del movimiento, que él se mueve a sí mismo y así lo refleja en su rito, pues si se detiene toda creación artística se viene abajo, dado que se inmoviliza y no se originaría nada. Y hasta el momento no se ha detenido, porque es eterno.
Una vez que aparece como inmortal lo que por sí mismo se mueve se hace necesario afirmar que esto es lo que constituye el ser del alma, en cuanto es su propio hacer, porque todo lo que viene de adentro, de sí mismo y para sí mismo es animado y creador. Y si lo que se mueve a sí mismo es el hacer del alma, necesariamente lo que por ésta se produce tiene que ser inmortal; por eso la obra de Reverón se ha alzado con la victoria de lo que se hace eterno.
En el acto de crear se manifiesta en Reverón esa lucha de lo que se mueve a sí mismo contra aquello es movido por otro, pues con el movimiento creador establece comunión conmigo mismo y con los otros, dado que detrás de la luz hay vida y creación.
Obed Delfín
1 Pedro Tellez citando a Baez Finol en Juan Calzadilla, “Prologo”, Los laberintos de la luz (Reverón
y los psiquiatras). Caracas, Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2017, p. 9.
2 Ob. Cit. Pp. 7-8.
3 Ob. Cit. P. 10.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario