​REVERÓN, LA LEYENDA DEL ARTISTA

 


 

Armando Reverón, el artista más importante de toda la corta pero sorprendente historia del arte venezolano, se ha convertido con los años en uno de los temas fundamentales de la cultura del país. A un poco más de medio siglo de su muerte y a cien años de su nacimiento, sus obras y su vida extraordinaria nos vuelven a sorprender. Ya superados los interesantes análisis que durante los años sesenta y setenta, trataban de comprender su pintura a la luz del impresionismo, adentrarse en la compleja dinámica que entreteje enfermedad y genial creación, o descifrar el delirante imaginario que alimenta y despliega en su vida como un acto de creación total; se revela para nosotros, ya entrados en este otro siglo, una personalidad absolutamente integral que reafirma nuestro imaginario en su espacio geográfico, en su latitud; además con una decisión de vida que sacrifica de la manera más inteligente los nexos y compromisos con la sociedad de su tiempo, todo esto a favor de la existencia en el arte y para el arte.

 

​Cuando hablamos de que sacrifica de manera inteligente, nos referimos sobre todo a esos actos y decisiones de los seres humanos que persiguen lo trascendente, que buscan lo sagrado, un más allá. No todo el arte, a pesar de que sea bueno, es trascendente y mucho menos sagrado. Una buena parte del arte actual, por ejemplo, toma sus contenidos de lo más inmediato y contextual, pegado al suelo sin idealismos y sin vuelo, se trata de un arte que ronda la realidad social, que consigue sus calidades como negociando sus resultados con ella misma, se trata de un arte de acuerdos, sin sacrificio. Tampoco encontramos sacrificio (llamemos sacrificio a esa voluntad de llevar una búsqueda o indagación sensible, hasta sus últimas consecuencias, a costa de lo que sea), ese comportamiento que ha sido condición de lo mejor de la creación de todos los tiempos; no lo encontramos, en el arte venezolano contemporáneo a Reverón. Los pintores de la Escuela de Caracas y los que eran parte del Círculo de Bellas Artes, hicieron una pintura extraordinaria, sus obras lo corroboran, pero se trato, y eso no los demerita, de artistas más o menos integrados a lo que pudiéramos imaginar como el circuito del arte del país que éramos, vivían o sobrevivían en esa realidad. A ese respecto, el crítico Rafael Pineda en un texto del año 1974 a propósito de la restauración del castillete y destacando la figura de Reverón, decía lo siguiente: "Los otros pintores venezolanos de la época, asociados en el Círculo de Bellas Artes, los que hacen a pie las carreteras del país como Rafael Monasterio, o con la brocha gorda filetean las casas o iglesias como Rafael Ramón González, deben contentarse con un cuarto de pensión en las casonas de Caracas para trabajar en lo suyo. Pocos conocen la holgura como Federico Brandt y los Monsanto. La mayoría deben ingeniárselas para inventar el espacio no solo en las telas, sino también en la existencia diaria.", pudiéramos estarnos refiriendo con esta cita a la circunstancia más común en la vida de los artistas, pero es precisamente allí donde nos sorprende la lucidez de Armando Reverón; ¿cual hubiese sido el sentido, la pérdida o la ganancia de mantenerse determinado por esa realidad particular, para un creador con aspiraciones de trascender, de ir más allá?. Asumir distanciarse de esos círculos podemos entenderlo como un acto ejemplar de descondicionamiento, un deslastrarse de ataduras con las limitaciones de aquella sociedad, además en tiempos de dictadura. Sus nexos con esa sociedad fueron entonces muy puntuales, sabemos de gente que lo frecuentó, como acompañando su proceso extraordinario, o de su amistad con artistas muy cultos como Antonio Edmundo Monsanto, personalidad fundamental en la cultura y el arte venezolano. 


​Al sacrificio de no vivir protegido por la sociedad de su tiempo, sacrificio al parecer no tan doloroso, se agrega otro más drástico, que pudiera no ser exactamente una decisión de Reverón, ¿o tal vez sí?; se trata del sacrificio de la cordura. Pero si la cordura hubiera sido el impedimento o el obstáculo para la realización de la obra y la vida de entrega a su proyecto, ¿de que podía servir esa cordura?. De haber cumplido Reverón un itinerario de existencia convencional, determinado por las circunstancias de su contexto, seguramente no estaríamos aquí y nuestro imaginario no contaría con esa leyenda, ese mito fundamental en que se ha convertido.

 

​En el año de 1920, a la edad de treinta y un años, inicia Reverón su aventura definitiva, su traslado y establecimiento en Macuto, en el sitio de Las Quince Letras. En algún momento pudo considerarse esta decisión como un acto romántico influido seguramente por el pintor ruso Nicolás Ferdinandov, pero el relato que nos llega del acontecimiento no permite otra comprensión. Antes de esto, ya Reverón había participado de la vida cultural de la capital, tanto en su paso por la Academia de Bellas Artes de la que egresa con la más alta calificación (1911), como en su relación con las élites de la cultura del país. En su estancia en Europa (1911-1916) había consolidado su formación como pintor y además la comprensión más completa del estado de la cultura "occidental" para ese momento. Ese recorrido nos revela un Reverón absolutamente culto y actualizado, probablemente por encima de muchos de sus contemporáneos. Entonces ¿cual es la búsqueda del Reverón que decide refundar su mundo en Macuto?. A riesgo de que la respuesta pudiera ser otra, me atrevo a afirmar que el Reverón de ese momento está buscando otras verdades, está urgido de realizar un proyecto en el arte nacional que vaya más allá de todo lo que ha visto; necesita fortalecer su sentido de pertenencia y para eso le es indispensable una cierta fortaleza que tiene el pueblo; necesita ser comunidad, no comunidad de seres cultos, ya eso lo conocía; se trata de la convivencia en comunidad, relación de intercambio sensible y necesario con los otros.

 


 

​Su unión definitiva con Juanita Ríos (1919) y no con otra de esas muchachas de sociedad a las que dictaba clases privadas de dibujo, nos reafirma esa comprensión del Reverón que necesita trascender con los otros, los que no están condicionados por la sociedad en sus acuerdos o por la cultura y sus determinantes. Se trató, según entendemos, de la decisión más atinada, pues en Juanita consiguió la complicidad, la comprensión y la compañía para esa aventura de creación, que estamos seguros es una de las formas del amor.

 

​A partir de ese momento los nexos de Reverón con el pueblo se reafirma; la construcción de "El Castillete" con la participación de los vecinos y la comunidad es un capítulo digno de la mejor recreación literaria o cinematográfica. Los relatos que nos llegan acerca del respeto y el aprovechamiento de la naturaleza del lugar, mantener al árbol y a las piedras como elementos fundadores, son el más hermoso antecedente del comportamiento ecológico en el país. Esa alianza comunitaria es también una referencia de todo lo que aspiramos a construir en la actualidad cuando hablamos de cultura liberadora. Al parecer la construcción de "El Castillete" dio inicio con un rito absolutamente comunal: "la colocación de la primera piedra", a la que siguió el banquete y la fiesta. Ese rito habita en nuestro imaginario más profundo como el momento de fundación tanto de la construcción física como de la social. ¿No es acaso el más endógeno de los comportamientos haber aprovechado los materiales y las fuerzas originales del lugar, tanto para la construcción del hábitat como para la realización de las obras?. Importante recordar que muchos de estos datos no los tendríamos de no ser por el magnífico trabajo de investigación y compilación de memorias, realizado por Juan Calzadilla. En relación con cierta vocación comunitaria de Armando Reverón nos encontramos un dato muy hermoso en una reseña de prensa (10 de mayo 2011, Últimas Noticias), una anciana de la comunidad cercana al Castillete le cuenta a la reportera como Reverón en las tardes, compartía lecturas con la comunidad, en lo que imaginamos debe haber sido el más rico y estimulante taller de lectura.

 

​Es también objeto de estudio, ese nexo que encontramos entre el Reverón de "El Castillete" y el Arte o Cultura Popular. Es notorio como viniendo de la mejor comprensión del arte de su momento, Reverón se nutre de las manifestaciones y del imaginario popular, redimiendo actos o situaciones cotidianas y fortaleciendo así los contenidos de una obra que no podía conformarse con ser referencia de lo que él seguramente había visto en el país y en su estadía en Europa.

 

​Para este momento, después que la misma naturaleza, como ayudando al mito, arrastró "El Castillete", escenario maravilloso; se nos revela la vida de Armando Reverón como la más hermosa leyenda del arte nacional. Su compenetración con el país, con el litoral de su tiempo es tan integral que estamos convencidos de que Macuto es más Macuto en Reverón y su leyenda que en la realidad.





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